Buscar este blog

viernes, 17 de diciembre de 2010

EL NACIMIENTO DE JESUCRISTO

Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo (San Lucas 1:1-3)



Como inicia el médico-historiador Lucas su Evangelio, es necesario precisar algunos aspectos que la fuente documental bíblica nos refiere. Lucas fue el asistente más cercano de Pablo el Apóstol, y aunque él (Pablo) no conoció físicamente a Jesucristo durante su ministerio en la tierra, sí conoció pesonalmente a su madre, a sus hermanos y a sus discípulos, quienes le contaron seguramente sobre el nacimiento del DIOS ENCARNADO en Belén de Judea (Hechos 9:27-29 y Gálatas 1:18-19).






Lucas menciona que en tiempos de Augusto César se realizó un censo en Judea, y José su "padre terrenal" se encontraba en Belén (ya que José era descendiente del rey David, originario de esta ciudad), junto a María su esposa la cual cumplió el tiempo de dar a luz, y de esta forma se cumplió lo dicho por el profeta Isaías 700 años antes:



"Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel (Isaías 7:14).






Belén era un pequeño pueblo al sur de Jerusalén. Era quizá una villa sin mayor importancia de la que muy pocos se sentían orgullosos de decir"yo nací en Belén". Sin embargo, para que todo se cumpliere según las Escrituras, el profeta Miqueas escriió años antes de este acontecimiento:



"Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad (Miqueas 5:2).






El nacimiento de Jesús en Belén de Judea es el acontecimiento más importante de la historia de nuestros días. Aunque no es exacto decir que fue el día 25 de Diciembre, sí es importante festejar el nacimiento del Salvador de la humanidad. A más de 2,000 años de distancia aún resuenan las palabras del profeta Isaías:



"Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz (Isaías 9:6)."






¡POR TODO ESTO Y MUCHAS COSAS MÁS FELIZ NAVIDAD 2010 TE DESEO DE TODO CORAZÓN Y QUE EL NACIMIENTO DE JESUCRISTO ILME TU FAMILIA EN ESTOS DÍAS!

miércoles, 15 de diciembre de 2010

PRESENTAIÓN DEL LIBRO "ECOS Y COLORES DE LA COLONIA INDEPENDENCIA"


Hoy miércoles 15 de Diciembre de 2010 se presenta el libro "Ecos y Colores de la Colonia Independencia" en donde se plasman la historia, las tradiciones y las vivencias de ls habitantes de esta populosa colonia regiomontana.




Precisamente en la celebración del primer centenario de la "Indepe" (hay que recordar que el Barrio San Luisito, antiguo nombre de este sector, existe desde mediados del siglo XIX) la cual se festejó el pasado 12 de Septiembre de 2010 el Municipio de Monterrey, en coordinación con Gobierno del Estado y el Colegio de la Frontera Norte presentan esta magna obra digna para los prmeros cien años de este barrio.




Este evento se efectuará a partir de las 19 horas en el Santuario de Guadalupe (Templo Antiguo) ubicado entre las calles de Tepeyac y Jalisco en la Colonia Indepenedencia. La entrada es libre y se entregará un ejemplar de regalo por parte del unicipio de Monterrey.

jueves, 25 de noviembre de 2010

INICIAN TRABAJOS PARA RESCATAR LA HISTORIA SEPULTADA DE LA BATALLA DE MTY. DE 1846

Hoy Jueves 25 de Noviembre de 2010 se inciaron los trabajos para el rescate de uno de los sitios más descnocidos en la historia de Monterrey y más emblemáticos para los que queremos y amamos la época de la invasión americana a nuestra ciudad.



Por primera vez en la historia, un grupo de especialistas de la Facultad de Ciencas de la Tierra de la UANL, rastrean cualquier indicio que se encuentre bajo tierra (ya sea cimientos del antiguo Fortín de la Tnería, restos humanos, material lítico, entre otras cosas) para posteriormente hacer el trabajo de rescate arqueológico por personal del ENAH encabezado por la arqueóloga Araceli Rivera.

video
Grupos de historiadores de la localidad estamos a la expectativa para poder ver los nuevos descubrimientos que nos permitan reconstruir o comprender mejor el ataque norteamericano a la metropolitana ciudad de Monterrey. Con ello confirmamos que la Historia es una ciencia en constante construcción, y no una ciencia muerta como nos la quieren hacer ver algunos historiadores de la vieja guardia.

jueves, 4 de noviembre de 2010

EL ATAQUE AL FORTÍN DE LA TENERÍA (5a Parte)






(La Batalla de Monterrey en 1846. El ataque al roeinte de la ciudad el día 21 de Septiembre)



... Las batallas más sangrientas se llevaron a cabo en el lado oriente de la ciudad, específicamente en el fortín conocido como “de la Tenería”. En este lugar las tropas mexicanas defendieron a sangre y fuego esta entrada de la ciudad ante unos norteamericanos obsesionados con marchar “hacia la boca de los cañones”. Según refiere el historiador Ahmed Valtier cerca de cuatro quintas partes de las pérdidas en el lado americano ocurrieron durante los combates de las Tenerías el día lunes 21 de septiembre.[1]

Las estrechas calles que desembocaban en el fortín de las Tenerías fueron sepulcro de una gran cantidad de soldados estadounidenses, quienes a primera instancia se mostraron sorprendidos por la metralla mexicana. Raúl Martínez Salazar, notable investigador de la guerra México-Estados Unidos, menciona que la inesperada capacidad de respuesta de las armas mexicanas y las sensibles bajas sufridas sin aun poder ver la cara del enemigo, desconcertó a los atacantes que rompiendo filas en completo desorden buscaron protección en cualquier sitio que los guarneciera de la granizada de metralla y bombas que caía sobre ellos (Martínez, 2006, p. 4).

Sin embrago, una segunda carga más organizada del ejército invasor, así como la falta de auxilio del cuartel general y el cansancio de las tropas mexicanas provocaron que finalmente el fortín de las Tenerías cayera en manos de los soldados norteamericanos. El intenso asedio de las tropas extranjeras a este fortín duró cerca de cinco horas (desde las siete de la mañana hasta el mediodía) y permitió a los angloamericanos posesionarse de un punto militar para atacar la ciudad desde su lado oriente.

Tras tomar el control del barrio de las Tenerías, los norteamericanos fijaron en su mira capturar el fortín bautizado como “del Diablo”, ubicado a unos doscientos metros de las Tenerías. La resistencia que mostraron los defensores mexicanos en este fortín y la retirada norteamericana se ve reflejada en el informe del general Taylor:
“El general Butler con el 1º regimiento de Ohio entraron a la ciudad por un punto más a la izquierda y marcharon en dirección de la Batería No. 2 (fortín del Diablo). Mientras estudiaba la posibilidad de capturar esta segunda posición por asalto, resultó herido y ordenado abandonar el frente. Dada la resistencia de la Batería No. 2 (fortín del Diablo) y el constante disparo de mosquetes que flanqueaban sus proximidades, resultaba imposible tomarlo sin considerables bajas, por ello el 1º regimiento de Ohio fue retirado de la ciudad.[2]

Tras fracasar en su intento por capturar los fortines del Diablo y el puente de la Purísima, y ordenar el retiro de las tropas a las Tenerías, el general Taylor comprendió que para lograr tomar el control de Monterrey era necesaria paciencia, inteligencia y sobre todo tiempo. El día 21 de septiembre concluyó con el invasor tomando posiciones en el oriente de la plaza, y en el occidente amenazando el cerro del Obispado. Las letras de Zachary Taylor en su informe fueron más que suficiente para expresar el baño de sangre que había acontecido en la ciudad: “una de las fortificaciones avanzadas del enemigo fue capturada y ahora teníamos ya un pie en la ciudad. Pero esto no había sido logrado sin una grave pérdida de hombres, la cual comprendía algunos de nuestros oficiales más galantes y prometedores.[3] Los habitantes de la ciudad durmieron bajo la sombra de la guerra y la muerte.
[1] Ahmed Valtier. Fatídico asalto a Monterrey, en Revista Atisbo, No. 4, p. 20
[2] Thorpe, Thomas. Our army at Monterrey, informe de las batallas de Monterrey por el general Zachary Taylor (traducción Pablo García González), p.p. 155-164
[3] Thorpe, Thomas. Our army at Monterrey, informe de las batallas de Monterrey por el general Zachary Taylor (traducción Pablo García González), p.p. 155-164

viernes, 15 de octubre de 2010

¿EL SITIO DE MONTERREY O LAS BATALLAS DE MONTERREY DE 1846?



CUARTA PARTE...


Aunque la historiografía local, nacional e inclusive estadounidense mencionan como “el sitio de Monterrey” a las batallas ocurridas por el control de la ciudad entre el ejército mexicano y norteamericano durante los días del 21 al 24 de septiembre de 1846, la realidad fue que el general Taylor y sus oficiales no tenían la intención de sitiar Monterrey estableciéndose por varios días en los alrededores, cortando toda comunicación militar, y forzando la rendición total de los defensores después de un largo acecho. Por el contrario, ellos planeaban una batalla rápida por medio de la cual se tomara el control de la plaza atacándola certeramente por varios frentes, en especial por la zona occidental de la misma.



Además, para corroborar esta idea existen evidencias documentales de que los defensores mantuvieron comunicación con los municipios del centro sur de Nuevo León durante los días que duró el conflicto armado. Según Ahmed Valtier, investigador reconocido del tema, menciona que en las aldeas y villas más cercanas de Monterrey, la gente aguardaba con ansias las noticias y reportes sobre los hechos bélicos. “El camino hacia Villa de Santiago”, refiere Valtier, “continuaba abierto y por lo tanto la comunicación con el sur proseguía. Correos eventualmente se arriesgaban a salir en aquella dirección para llevar informes de los acontecimientos a Villa de Santiago, que a su vez retransmitían a Montemorelos y Linares.[1]
[1] Ahmed Valtier. “¡Ya nos cargó Satanás…!”. Siete cartas inéditas y su contexto en la invasión norteamericana, en Humanitas. UANL, Monterrey, 2005, p. 701
En el reporte oficial de las batallas de Monterrey que el general norteamericano Zachary Taylor entregó al Congreso, refiere la siguiente información sobre la llegada del ejército angloamericano a las inmediaciones de la ciudad:
“a nuestra llegada a los barrios de la ciudad en la mañana del día 19 de septiembre, este presentimiento (que los mexicanos defenderían a sangre y fuego Monterrey) fue totalmente confirmado. Fue corroborado que se había establecido el enemigo en la ciudad a la fuerza; que se había construido una gran estructura defendiendo el lado norte; y que el Palacio del Obispado y algunas lomas de las proximidades del camino a Saltillo habían sido fortificadas y ocupado por las tropas y artillería. Era ya sabido por informaciones recibidas previamente, que las proximidades al este de la ciudad eran protegidas por pequeños fuertes en el límite más bajo de la ciudad.[1]

Acuartelado en la catedral de Monterrey, el general Pedro de Ampudia esperaba los embates del ejército invasor. Es preciso señalar que el edificio de la catedral se convirtió en el centro de operaciones del ejército mexicano durante las batallas de Monterrey, además de fungir como depósito de suministros, armas, y alimentos. Roberto Jorge Rodríguez Lozano notable relator de la historia de la catedral, refiere que casi 20 mil libras de pólvora habían sido almacenadas en la nave principal del edificio, por lo que algún proyectil que hubiese atravesado la cúpula o los muros hubieran provocado una verdadera catástrofe (Rodríguez, 2004, p. 29).

Según se refiere en las crónicas de militares de ambos lados, y testigos presenciales de las batallas, los combates iniciaron el día 20 de septiembre cuando la artillería mexicana de grueso calibre ubicada en el fortín de la Ciudadela al norte de la plaza comenzó a disparar ante los movimientos de las columnas invasoras.

El general Zachary Taylor menciona en su ya referido informe que se establecieron a tres millas de Monterrey en el sitio que ellos bautizaron como el “Walnut Springs” (Arroyo del Nogalar). Desde allí ordenó a las dos de la tarde del domingo 20 de septiembre la salida de una columna al mando del general brigadier William J. Worth para tomar el cerro del Obispado, bloquear el camino a Saltillo y ocupar las fortificaciones ubicadas al occidente de la ciudad.[2] Tal maniobra fue descubierta, y por orden del general Ampudia se destacaron 200 dragones sobre este punto que sumados a los defensores ya existentes podían defender más eficientemente este cerro.
[1] Thorpe, Thomas. Our army at Monterrey, informe de las batallas de Monterrey por el general Zachary Taylor (traducción Pablo García González), p.p. 155-164
[2] Thorpe, Thomas. Our army at Monterrey, informe de las batallas de Monterrey por el general Zachary Taylor (traducción Pablo García González), p.p. 155-164

martes, 21 de septiembre de 2010

LA BATALLA DE MONTERREY. HÉROES ANÓNIMOS DE 1846

Hoy martes 21 de Septiembre de 2010, al conmemorar 164 años del inicio de "la batalla de Monterrey" se inauguró la exposción sobre esta gesta histórica en el Museo Metropolitano de Monterrey.

Queremos gradecer a coleccionistas locales, como Ahmed Valtier, Pablo Ramos, Luis Rafael Rodríguez, Fermín Téllez, Ismael Flores y en especial al Museo de la Batalla de la Angostura de Saltillo por su valiosa colaboración para la celebración de este suceso.

La Exposición estará exhibiéndose hasta el mes de diciembre de 2010. La entrada al Museo es gratuita, y estamos ubicados en el Museo Metropolitano de Monterrey (Zaragoza e Hidalgo, centro de Mty.). Los horarios son de 10 am a 6 pm con entrada libre para todo público. A la para tenemos una Sala permanente de historia de Monterrey y una Sala Temporal sobre las tradiciones e historia de la Colonia Independencia.

Saludos y Bendiciones de lo Alto!

viernes, 30 de julio de 2010

Clio-Regio: La invasión norteamericana toca suelo regiomontano (parte 3)

Clio-Regio: La invasión norteamericana toca suelo regiomontano (parte 3)

La invasión norteamericana toca suelo regiomontano (parte 3)

Continuación parte 3...

Ante la inminencia de un ataque militar angloamericano a Monterrey, el general Pedro de Ampudia solicitó con mayor apuro el envío de hombres habilitados de palas, barras y azadones para construir obras de defensa; decretó algunas disposiciones a favor del pueblo para que los comerciantes no abusaran en los precios y activó la leva a fin de contar con el mayor número posible de individuos para la defensa. El 15 de septiembre, seis días antes del ataque a la ciudad, envía una circular a los alcaldes nuevoleoneses para que sí se llegase a presentar algún desertor del ejército norteamericano en sus jurisdicciones lo remitieran al cuartel general. De manera adjunta, incluyó una orden traducida al inglés la cual tiene por objeto hacer entender a los soldados invasores que deseen abandonar “aquella bandera” y de la buena disposición con que serán acogidos por el pabellón mexicano.

La ciudad vivía momentos inéditos de su historia, ya que nunca un conflicto armado había tocado las fibras sensibles del regiomontano. Con el ejército norteamericano a las puertas de la capital nuevoleonesa “la ciudad tomaba el aspecto severo e imponente de una plaza guerrera”. Sotero Noriega, testigo presencial de los hechos nos narra de manera dramática los hechos acontecidos en Monterrey previos al ataque norteamericano a la capital de Nuevo León: “Las familias que hasta entonces no habían emigrado, ahora abandonaban e tropel sus hogares con el terror en los semblantes, vertiendo lágrimas por sus deudos, sosteniendo la joven los pasos el trémulo anciano, llevando a sus hijos el padre cariñoso. Las escenas de dolor, de ternura, de abnegación generosa se multiplicaban por todas partes, y estas sufridas poblaciones que tan poco debían a la opulenta y desdeñosa México, lo sacrificaban todo, se ofrecían como expiación sublime de todos nuestros crímenes…, ese aspecto solitario de una ciudad en espera de un combate, ya lo podemos comprender los que lo hemos visto; pero es superior a toda descripción.[1]

La ciudad fue fortificada primero por el oriente construyéndose cuatro fortines: el de Tenerías ubicado en el barrio del mismo nombre, por el antiguo camino a Marín; el del Diablo ubicado a 200 metros al norte del de Tenería; de la Libertad, cerca del río Santa Catarina; y el del Puente de la Purísima que se ubicó sobre los ojos de agua de Santa Lucía al noreste de la ciudad. Por el área norte se amuralló la zona conocida como la “Ciudadela” y en particular se utilizaron las ruinas de la llamada Catedral Nueva.[2] En la parte occidental de la ciudad se fortificó el edificio del Obispado sobre la misma loma, y en la parte baja un pequeño parapeto en la iglesia de la Purísima sobre la calle Hidalgo. Además se construyeron sobre la Loma Larga algunas fortificaciones conocidas como de la Federación.

El plan original de defensa de la plaza de Monterrey se sustentaba en presentar combate en el paraje conocido como Papagayos al norte de la ciudad, ya que en caso de retirada, el terreno daba ventajas para llegar a salvo a Marín. Ante el rechazo de la Junta de Militares se acordó defender la villa de Marín, para así dejar a Monterrey como base de refuerzos. Ante la sorpresa de muchos y del mismo Ampudia, la junta militar decidió atrincherarse en Monterrey y defender la plaza “a sangre y fuego”.

Las batallas de Monterrey iniciaron justo cuando la ciudad celebraba 250 años de su fundación. Las familias habían abandonado la ciudad “vertiendo lágrimas por sus deudos y con el terror en sus semblantes.[3] El historiador Ahmed Valtier refiere que el miedo latente de quedar atrapados en medio de la batalla provocó que muchas familias regiomontanas huyeran de la ciudad en busca de refugio, ya fuere en fincas en los alrededores o con familiares a otros poblados.[4]


[1] José Sotero Noriega, “El Sitio de Monterrey”, en González, Miguel y Morado César, Monterrey Ocupado. Fondo Editorial Nuevo León, Monterrey, 2005, p. 174

[2] Este fortín abarcaba las actuales calles de Juárez, Tapia, Guerrero e Isaac Garza.

[3] José Sotero Noriega, “El Sitio de Monterrey”, en González, Miguel y Morado César, Monterrey Ocupado. Fondo Editorial Nuevo León, Monterrey, 2005, p. 174

[4] Ahmed Valtier. María Josefa Zozaya, la heroína de la batalla de Monterrey, en Revista Atisbo, No. 10, p. 24

jueves, 15 de julio de 2010

LAS GRANDES INUNDACIONES EN MONTRREY

La ciudad de Monterrey es constantemente, desde sus primeros años como ciudad, centro de severas inundaciones que han cobrado vidas humanas y provocado graves daños en la urbanización de la misma.Diapositiva 1Las más famosas en antaño fueron la de 1612, cuando fue arrasada la antigua ciudad de Monterrey por la creciente del río Santa Catarina y los Ojos de Agua de Santa Lucía. Otra famosa inundación es la verificada en 1988, tras el azote del Huracán Gilberto, que dejó alrededor de 300 víctimas.
Sin embargo, 2 han sido las inundaciones que han marcado no solo socialmente la vida de nuestra ciudad, sino que han cambiado la estructura urbana de la misma: la de agosto de 1909 y la de julio de 2010.
Como una muestra de las similitudes de ambas tragedias, presentamos este juego de imágenes correspondientes a la de 1909 y 2010, y en donde vamos a poder percibir la similitud de las imágenes, en un margen de 100 años de diferencia.
Hacia 1909, Monterrey contaba con 78 mil habitantes; hoy, en pleno 2010, la ciudad y su Área Metropolitana aglomeran alredor de 3 millones de habitantes. En 1909, las inundaciones causaron la muerte de más de 5 mil nuevoleoneses, y en 2010 van contabilizados 15 víctimas.

Aunque ahora se cuenta con un freno para las aguas, la Presa Rompepicos,
se dice que el Santa Catarina despierta cada ciclo de 20 a 30 años: 1909,
1938, 1967 y 1988.


viernes, 4 de junio de 2010

La invasión norteamericana toca suelo regiomontano (parte 2)

...A unos días del ataque norteamericano a Monterrey el general Pedro de Ampudia ya atrincherado en Monterrey trataba de cerrar filas, y por medio de una circular enviada ante los ciudadanos nuevoleoneses indultaba a todos los desertores con tal de que se presenten ante cualquier autoridad civil o militar en un lapso de tres meses.
Gral. Pedro de Ampudia
El 6 de agosto de 1846 se dio en la capital del país un golpe federalista al gobierno en turno, el cual fue encabezado por Valentín Gómez Farías y el general Mariano Salas, que permitiría el regreso a la cumbre política del general Antonio López de Santa Anna. Esta declaración promovía la restauración de la Constitución de 1824 y los principios federales con que habían sido concebidos desde su erección los Estados Unidos Mexicanos. Para algunos historiadores, este movimiento provocó que sus coletazos llegaran a Nuevo León promoviendo en el mando del ejército del norte a un general leal a Santa Anna, de escasa valentía, y abundante propensión al abuso y a la violencia: nos referimos al general Pedro de Ampudia (González-Morado, 2006, pp. 13-14).

A pesar del rechazo de buena parte de los militares, el descontento de los políticos nuevoleoneses y de la molestia de la población, el general Ampudia anuncia su llegada a la ciudad, y que a pesar del pesimismo, no abandonaría a su suerte a los ciudadanos regiomontanos tal y como se rumoraba. A su llegada ejerció una serie de medidas que reflejarían su deseo por tomar el control de la situación:
“se encarga del plan de su antecesor, practica escrupulosos reconocimientos, encarga a los ingenieros Reyes, Robles, y otros oficiales del mismo cuerpo, que se perfeccionen las obras de fortificación y encomienda al capitán de plana mayor don Francisco segura, que practique el reconocimiento del camino hasta el rancho de Papagayos."
Vista de la Catedral de Monterrey antes del ataque norteamericano

Ya establecido en la ciudad, Ampudia toma el control militar y político del estado. El Alcalde 1º de Monterrey José María de la Garza, notificó a los alcaldes de San Nicolás de los Garza y de los Topos, de esta medida y que la ciudad capital estaba declarada en estado de sitio. Por tal motivo, "es preciso que se hagan en esta plaza acopios, de toda clase de efectos comestibles.

Como bálsamo en el desierto le llega la noticia acerca de una victoria obtenida por las armas nacionales en contra de una partida de angloamericanos, en el "Paso del Tlacuache", a márgenes del río Grande. Por lo que solicita al gobernador de la Mitra que por la mañana, "se de un repique de campanas a vuelo para solemnizar tan plausible acontecimientos que no puede menos que reanimar los ánimos de mejicanos que con armas en las manos, están preparados para escarmentar la osadía de la nación a que pertenecen esos bandidos.

Cuando Pedro de Ampudia llega a Monterrey, la ciudad se encontraba siendo fortificada. A principios de septiembre de 1846 preparaba junto a sus subalternos el plan de defensa y los trabajos para hacer de Monterrey una ciudad amurallada contra el ataque invasor provocaron daños en las propiedades de los regiomontanos. Por ello comisionó al Alcalde de la capital José María de la Garza y algunos peritos por el nombrados para que inspeccionaran los prejuicios provocados por las labores de fortificación en diferentes puntos de la ciudad, sobre todo en sembradíos, haciendas y bardas de casas particulares, y asimismo valoraran para que la Comisaría del Ejército pagara oportunamente. Por desgracia no se han encontrado las referidas inspecciones y cotizaciones de estas diligencias.
Plano de las fortificaciones mexicanas antes del ataque norteamericano en septiembre de 1846

Para los trabajos de edificación de fortines en Monterrey los ingenieros militares se vieron en la obligación de utilizar el material disponible. En ocasiones se utilizaban piedras de solares de particulares, o como en el caso de la fortificación de la llamada “Catedral Nueva” o “Ciudadela” fue necesario trasladar materia prima como el “guilote” y “pita de amarras” procedente del Topo Grande. Para ello fueron convocados por el alcalde regiomontano todos los techadores libres que había disponibles en la ciudad.

CONTINUARÁ...

viernes, 21 de mayo de 2010

La invasión norteamericana toca suelo regiomontano (parte 1)


A partir de esta entrega, presentaré parte del trabajo que realizamos sobre las batallas de Monterrey en septiembre de 1846, como parte del proyecto de la Enciclpedia "Monterrey: origen y destino" que laboré en el TOMO III para el Municipio de Monterrey. Este tomo está por salir. Esta es la primera entrega del tema que anteriormente referí.

LOS NORTEAMERICANOS AVANZAN HACIA MONTERREY

Declarada la guerra entre México y los Estados Unidos en mayo de 1846, el gobernador de Nuevo León solicitó a los alcaldes la organización de una milicia cívica nuevoleonesas que combatiría las fuerzas norteamericanas que habían invadido territorio nacional, y sería integrada “por todo nuevoleonés desde la edad de dieciocho años hasta los cincuenta años.” Esta milicia exceptuaría de la lista a los eclesiásticos seculares y regulares, a los sirvientes domésticos y de las haciendas. Además, estaría bajo la autoridad del gobernador, siendo los ayuntamientos y juntas municipales los encargados de abrir la lista de reclutamiento.[1]

Algunos municipios se vieron en serios aprietos para organizar las milicias locales tales como Apodaca y Punta de Lampazos, pero en el caso de Monterrey el alcalde 1º José María de la Garza García informaba al gobernador Juan Nepomuceno de la Garza y Evia un mes después de emitida la circular la aprobación de cuatro compañías de infantería y dos de caballería que integrarían la milicia local.[2]

Ante la fantasma de la guerra rondando en la región, hubo en la ciudad un mismo sentir contra el enemigo invasor. Mientras el sector civil y militar se comprometió a salvar la tranquilidad de las ciudades y villas nuevoleonesas, el otro sector, el eclesiástico, cooperaría para la causa oficiando misas y oraciones que garantizaran el triunfo de las armas nacionales.[3]

Tras los desastres militares en Palo Alto, Resaca de la Palma y la retirada de Matamoros, el ejército del norte comandado por el general Mariano Arista se organizó en Linares, población ubicada en el sur de Nuevo León. Tras la destitución de Arista al mando de esta corporación, los mandos militares provisionales que se quedaron a cargo planearon la defensa del noreste en la capital y centro económico de la región: la ciudad de Monterrey.

La ciudad de Monterrey, situada en un fértil valle en medio de altísimas y pintorescas montañas, la naturaleza se ostenta en toda su belleza y vigor, refirió José Sotero Noriega, integrante del ejército mexicano que llegó a Monterrey a finales de julio de 1846. Refiere en su narrativa que el material con que estaba construida la ciudad “era bastante buena” (sic), con “casas de cantería, calles tiradas a cordel, plazas amplias, y una iglesia catedral de magnífica construcción.
Las labores de fortificación de la ciudad de Monterrey iniciaron bajo el comando del general Francisco Mejía, quien interinamente se encargaba del mando militar del ejército del norte. De la misma manera, para las labores de fortificación de la plaza fueron alistados los vagos y viciosos de los pueblos y villas de Nuevo León. Muestra de ello es el anuncio del alcalde de Cerralvo fechado el 4 julio de 1846, el cual notificaba a la autoridad militar de la ciudad que los vagos capturados en esa villa serían remitidos a Monterrey para su utilidad en las labores de fortificación de la plaza.[4]

La concentración de víveres, pertrechos y esfuerzos para preparar la defensa de la ciudad provocó que el gobernador de la Garza y Evia solicitara a José María de la Garza, alcalde regiomontano, la exención de la lista para el servicio militar a los individuos que se comprometieran a prestar sus caballos para combatir al enemigo invasor.[5]
Continuará...


[1] AGENL., Colección: Correspondencia Alcaldes, Cerralvo, Caja 13, 4 de julio de 1846

[2] AGENL, Colección: Correspondencia de Alcaldes, Monterrey, Caja 32, 4 de junio de 1846


[3] AHM, Colección: Guerra México-EEUU, Volumen: 1, Expediente: 1, Folio: 2

[4] AGENL, Colección: Periódico Oficial, Semanario Político, 22 de junio de 1846


[5] AHM, Colección: Guerra México-EEUU, Volumen: 1, Expediente: 1, Folio: 1

jueves, 29 de abril de 2010

AGUSTÍN DE ITURBIDE: ¿LIBERTADOR DE MÉXICO?


En el marco de los festejos del Bicentenario de la Independencia, es necesario creo yo, poner puntos en la balanza sobre el contenido de nuestra historia. Como parte de nuestra educación escolar, se nos ha enseñando a adjetivizar la historia y a sus protagonistas. Tal es el caso que tenemos en mente un sinfin de personajes que por el solo hecho de ser ridiculizados y rechazados por lo que los historiadores llamamos "historia de bronce" (dedicada a reconocer a personajes ganadores y a villanizar a los perdedores de la historia), hemos juzgado ya, sin un análisis minuosioso, a los hombres y mujeres de carne y hueso que estuvieron en el escenario nacional tomando desiciones correctas y equivocadas.

En lo personal, Agustín de Iturbide es un personaje que ha sido desechado por la historia patria a tal grado que decretos presidenciales (como el de Luis Echeverría durante su gobierno) han opacado su figura y han desvirtuado sus hazañas.

Iturbide, un criollo de la época independencista, nació en Valladolid (hoy Morelia) en el marco de una familia prominente de aquella ciudad. Desde su niñez se destacó como jinete y en las labores agrícolas. En su juventud se incorporó a la milicia donde destacaría años después.

Pariente segundo de Miguel Hidalgo y Costilla por la línea materna, fue invitado por este a incorporarse al ejército insurgente encabezado por el referido cura. Al negarse a participar en la insurgencia, Iturbide fue pieza clave an varias victorias realistas en contra de los ejércitos de Hidalgo, Morelos y Mariano Matamoros.

Su rapacidad para realizar la guerra, la valió la fama de sanguinario y corrupto por sus oponentes. Castigado por sus excesos fue separado de la milicia entre 1817 y 1820. Promovido al puesto de comandante del sur del ejército realista por su amante "la Güera Rodríguez", promulgó el Plan de Iguala en donde desconocía el antiguo régimen virreinal y declaraba la independencia mexicana. Su gran capacidad negociadora y su astucia para el diálogo le permitió unir, por pirmera vez, a los principales actores de la sociedad novohispana (incluyendo a los insurgentes).

Una vez lograda la independencia el 28 de septiembre de 1821, Iturbide fue coronado emperador de México en 1822, abdicando al año siguiente por problemas con el Congreso, levantamientos armados y revueltas políticas.

Exiliado en Europa, regresa al país en julio de 1824. Un decreto del Congreso Nacional, que lo declaraba traidor a la patria, lo hizo reo de muerte, muriendo fusilado el 19 de julio de 1824 en Padilla, Tamaulipas. Sus restos se localizan en la catedral de México, esperando que la historia (y los historiadores) le hagan un juicio justo en este 2010 sobre sus procederes, y que las voces que lo señalan como traidor, sanguinario y corrupto revisen su vida y callen ante la evidencia.

P.D. En este 2010, el nombre de Agustín de Iturbide debe estar mencionado en las celebraciones sobre el Bicentenario como el consumador de lo que inició Hidalgo en 1810. Me quedo con las palabras del historiador Torres Cuevas "en los mexicanos hay dos odios ancentrales al momento de hablar de historia: el de hablar del padre de la nacionalidad mestiza (Hernán Cortés) y el de hablar del padre de la patria mexicana (Agustín de Iturbide). Y tu que opinas?.

La

miércoles, 24 de marzo de 2010

EL VERDADERO AGAPITO TREVIÑO

A continuación les comparto un oficio de la Secretaría de Gobierno que dirige al Juzgado 1° Constitucional de Monterrey de Nuevo León el 19 de octubre de 1852, en donde notifica la filiación de los reos Antonio Hernández y Agapito Treviño, quienes se fugaron de la cárcel de la ciudad. Los caminos de Nuevo León estaban infestados de asaltantes y cuatreros, por lo que las autoridades de la época giraron varias circulares a los pueblos y villas del Estado para combatir este mal social. Incluso esta actividad era juzgada como grave y los agresores, de hallarse culpables, eran reos de muerte.
En este contexto se ubicaba la figura de Agapito Treviño, quien tras varias capturas y fugas fue fusilado en la plaza del Mercado (hoy plaza Hidalgo) de la ciudad de Monterrey en el año de 1854. El documento se encuentra localizado en el Archivo Histórico de Monterrey, Colección Correspondencia, Volumen 90, Expediente 10, Folio 2.

“Antonio Hernández: originario de sombrerete, y vecino de Párras, soltero comerciante y de 23 años de edad: es de cuerpo regular, delgado, barba cerrada, sin patilla, blanco, algo descolorido, nariz apericada, ojos chicos pardos: boca regular, pelo negro corto: viste decente de pantalón y chaqueta de paño, chaleco de seda y sombrero alemán aplomado. No tiene señas particulares.

Agapito Treviño: (alias Caballo-Blanco) natural y vecino de esta capital, soltero y de 23 años de edad: es alto, musculoso, bastante trigueño, ojos negros chicos, pelo negro, lizo, nariz grande gruesa algo chata, boca grande, lampiño.- Monterrey, Octubre 19 de 1852.- Miguel Nieto, Santiago Vidaurri (Secretario).”

lunes, 22 de febrero de 2010

EL ESCUDO DE ARMAS DE LA CIUDAD DE MONTERREY

Su origen se remonta al año de 1667 cuando don Nicolás de Azcárraga, caballero de la Orden de Santiago, gobernador y capitán general del Nuevo Reino de León, inició las gestiones para que se concediera un escudo de armas a la ciudad de Monterrey. Finalmente, mediante una cédula signada por la reina Mariana de Austria, viuda de Felipe IV, facultaba al gobernador para aprobar el escudo que dicha ciudad eligiere. La Cédula Real que ordena la creación del escudo fue expedida el 9 de mayo de 1672.

Las características del escudo aprobado son las siguientes: Dentro de un marco oval en esmaltes naturales, aparece la escena de un árbol junto a un indio que está flechando al sol, que surge tras el Cerro de la Silla. Dos indios, ataviados de huipil y penacho, y armados de arco y flecha, sirven de soporte al conjunto, que aparece en un lienzo blanco recortado también en forma oval y cuyos extremos superiores caen hacia atrás. Seis banderas blancas le sirven de fondo, dispuestas tres a cada lado y caen sobre los trofeos militares, cañones, balas y tambores. Abajo tiene una banda de gules con la leyenda “Ciudad de Monterrey”; todo está timbrado con una corona condal, referencia al título nobiliario de don Gaspar de Zúñiga y Acevedo conde de Monterrey, noveno virrey de la Nueva España, en honor de quien lleva el nombre de la ciudad.

En el año de 1867 el Ayuntamiento de Monterrey había cambiado su nombre característico por el de Republicano Ayuntamiento de Monterrey, tras el triunfo de las fuerzas republicanas en contra del imperio de Maximiliano de Habsburgo. Años después, el 30 de octubre de 1899, el cabildo regiomontano mandó quitar la corona del escudo de armas, y en su lugar fue puesto el gorro frigio, por considerar que simbolizaba la libertad y la república.

El historiador Carlos Pérez Maldonado, el 8 de mayo de 1944, propuso al Ayuntamiento, representado por el ciudadano Constancio Villarreal, que corrigiera el Escudo de Armas de la ciudad de Monterrey, por traer graves errores como las banderas tricolores en lugar de blancas, el gorro frigio en lugar de la corona condal original, el nombre de República Mexicana en lugar de Ciudad de Monterrey.

Un cambió contemporáneo en el escudo fue la integración del lema de la ciudad. En la sesión de Cabildo del 12 de julio de 1989, el regidor Cruz Cantú Cantú propuso la creación del lema de Monterrey. El 16 de agosto del mismo año se tomó el acuerdo para que se publicara la convocatoria al público regiomontano; y el 29 de septiembre se declaró triunfador al profesor Samuel Rodríguez Hernández con el lema: “El Trabajo Templa el Espíritu”.

Finalmente, durante la administración municipal 2006-2009, el Cabildo regiomontano aprobó en sesión ordinaria el Reglamento del Escudo de Armas del municipio de Monterrey el 14 de noviembre de 2007, el cual protegerá su uso en las dependencias municipales. El reglamento, en su capítulo cuatro, refiere lo siguiente:
El escudo de armas debe tener las siguientes características:

  • I.- Un marco oval en esmaltes naturales, la escena de un árbol y junto a éste un indio flechando a un sol de gules, que surge tras el Cerro de la Silla;
  • II.- Aparecen también dos indios ataviados con huipil, penacho y armados de arco y flecha, que sirven de soporte al conjunto que aparece en un lienzo blanco, recortado, también en forma oval, y cuyos extremos superiores caen hacia atrás;
  • III.- Cuenta con seis banderas blancas al fondo, dispuestas tres a cada lado, cayendo sobre los trofeos militares cañones, balas y tambores;
  • IV.- En la parte de abajo tiene una banda de gules con la leyenda “Ciudad de Monterrey”; y
  • V.- Todo está timbrado con una corona condal.

jueves, 4 de febrero de 2010

EL PALACIO DEL OBISPADO DE MONTERREY


Situado en la Loma de Vera, el Palacio del Obispado es uno de los íconos arquitectónicos del noreste de México, y es además la construcción más antigua de la ciudad de Monterrey.

Hacia 1787 empieza a construir el Palacio del Obispado, o de nuestra señora de Guadalupe como también se le conoció, en la Loma de Vera localizada en ese entonces en las afueras de la ciudad al poniente de la misma. Esta construcción se proyectó sería la casa oficial del Obispo en turno.

En su edificación se utilizaron básicamente sillares muy grandes de extraordinaria calidad, procedentes de esta misma Loma. Según los documentos de la época, en tres años se terminó el obraje, con excepción de la cúpula que se concluyó hacia el año de 1797. Todo parece indicar que fue el propio obispo Verger quien se encargo del diseño del edificio, y que José Moriño Sotelo fuera el responsable de coordinar los trabajos que probablemente fueron realizados por canteros, talladores y otros magníficos artífices de origen tlaxcalteca, y su estilo corresponde al barroco europeo.

Tras el abandono del edificio por parte de la comunidad religiosa, el palacio, abandonado y falto de mantenimiento, fue utilizado como cuartel durante la época de la independencia, lo que provocó que se le agregaran cañones en 1816. El comandante realista Joaquín de Arredondo lo utilizó como base para combatir a las fuerzas insurgentes.

Durante la invasión norteamericana a Monterrey en 1846, los soldados mexicanos resistieron los embates de las brigadas del general John Worth, quien finalmente conquistó esta loma para la causa norteamericana el 22 de septiembre de ese año, dando pie así a la creación del lema popular que en ese tiempo cobró mucha fama: “quien controla el Obispado, controla la ciudad de Monterrey”.

Para agosto de 1888, fue declarado el edificio como propiedad federal instalándose así un hospital, en donde se atendió a los enfermos de fiebre amarilla durante la terrible epidemia que azotó a Monterrey a fines del siglo XIX e inicios del XX. En cuanto al terreno adyacente, éste fue enajenado por el gobierno estatal.

Durante el Porfiriato, las proximidades de la Loma del Obispado se convirtieron en un paseo público. Comenzaron entonces los planes para la rehabilitación del edificio. Sin embargo el estallido de la Revolución Mexicana, y su uso de sitio para la práctica de tiro al blanco por las fuerzas federales y los revolucionarios deterioraron más el inmueble. Aunado a ello, se instaló un cabaret en sus instalaciones durante los años siguientes promovido por las autoridades revolucionarias anticlericales.

Fue declarado monumento colonial el 8 de diciembre de 1932, pero estuvo varios años sin uso definido, hasta que se restauró en la década de 1950 con la intención de instalar ahí el Museo Regional de Historia de Nuevo León, el cual fue inaugurado el 20 de septiembre de 1956, labor que aun desempeña en beneficio de las familias regiomontanas.

miércoles, 27 de enero de 2010

EL DÍA EN QUE EL NUEVO REINO DE LEÓN FUE INDEPENDIENTE


Hoy hace 199 años entró a la ciudad el insurgente Mariano Jímenez, lugarteniente de Miguel Hidalgo para promover en estas tierras regias la independencia nacional. Residió aproximadamente un mes hasta que tuvo que abandonar la ciudad para unirse al cura Hidalgo y a Ignacio Allende en la villa del Saltillo. Pero ¿quién era este enigmático personaje que de pronto llegó a iluminar estas regiones con el grito de libertad?.


Nació en la ciudad de San Luis Potosí el 18 de agosto de 1781. Se gradúo como ingeniero en minas en el Colegio de Minería de México en el año de 1804, estableciéndose posteriormente en la ciudad de Guanajuato, se dedicó al ejercicio de su profesión donde estuvo al tanto de los brotes del movimiento insurgente encabezado por el cura Miguel Hidalgo, presentándosele a éste después de la toma de la Alhóndiga de Granaditas.


Sus méritos, su disciplina y su lealtad le valieron un rápido ascenso. A principios de octubre ostentaba el grado de coronel y para finales de ese mismo mes había ganado ya el de teniente coronel. La victoria que las fuerzas insurgentes obtuvieron en el Monte de las Cruces se debió, en mucho, a la dedicación y los conocimientos que Jiménez desarrollo por su profesión de ingeniero. Por órdenes de Hidalgo, Mariano Jiménez viajó a la ciudad de México en misión pacífica, para solicitar al Virrey la entrega de la capital al movimiento independentista, pero lo único tuvo en respuesta fue la amenaza de repelerlo violentamente si no se retiraba.

Participó en las acciones de armas Aculco y en la defensa de Guanajuato junto a Ignacio Allende y Juan Aldama. Tras sumar méritos militares, ascendió a capitán general. Fue comisionado para extender la rebelión en las Provincias Internas de Oriente, de las cuales formaba parte el Nuevo Reino de León. Tras haber derrotado a Cordero en Aguanueva y a Ochoa en el puerto del Carnero, entró a la ciudad de Monterrey el 26 de enero de 1811 entre vítores y vivas de los habitantes de esta ciudad. Una vez instalado en estas tierras proclamó la independencia del Nuevo Reino de León y formó un gobierno autónomo a la corona española nombrando a José Santiago Villarreal gobernador de la provincia.

Enterado de la derrota de Hidalgo y Allende en Puente Calderón, cerca de Guadalajara, Jiménez se reunió con los demás hombres del movimiento en la ciudad de Saltillo en marzo de 1811 y con ellos se dirigió rumbo a Estados Unidos, según el plan trazado. Tras un breve peregrinar por los caminos desérticos de Coahuila, fueron sorprendidos en las norias de Acatita de Baján, cerca de Monclova por tropa de Ignacio Elizondo, un militar que había simpatizado meses antes con el proyecto insurgente. Trasladados a la ciudad de Chihuahua, Mariano Jiménez fue pasado por las armas el 26 de julio de 1811. Su cabeza, junto a la de Hidalgo, Allende y Aldama estuvo expuesta en la Alhóndiga de Granaditas en una jaula a manera de advertencia de la autoridades virreinales hacia los adeptos a la causa insurgente hasta 1821. Su cuerpo fue sepultado en el cementerio de la Tercera Orden de San Francisco en la ciudad de Chihuahua inmediatamente después de ser fusilado, para posteriormente ser llevado a la Catedral Metropolitana de la ciudad de México en 1824, y ser actualmente su destino final la Columna del Ángel de la Independencia, lugar en donde se honran a los héroes nacionales.