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viernes, 15 de octubre de 2010

¿EL SITIO DE MONTERREY O LAS BATALLAS DE MONTERREY DE 1846?



CUARTA PARTE...


Aunque la historiografía local, nacional e inclusive estadounidense mencionan como “el sitio de Monterrey” a las batallas ocurridas por el control de la ciudad entre el ejército mexicano y norteamericano durante los días del 21 al 24 de septiembre de 1846, la realidad fue que el general Taylor y sus oficiales no tenían la intención de sitiar Monterrey estableciéndose por varios días en los alrededores, cortando toda comunicación militar, y forzando la rendición total de los defensores después de un largo acecho. Por el contrario, ellos planeaban una batalla rápida por medio de la cual se tomara el control de la plaza atacándola certeramente por varios frentes, en especial por la zona occidental de la misma.



Además, para corroborar esta idea existen evidencias documentales de que los defensores mantuvieron comunicación con los municipios del centro sur de Nuevo León durante los días que duró el conflicto armado. Según Ahmed Valtier, investigador reconocido del tema, menciona que en las aldeas y villas más cercanas de Monterrey, la gente aguardaba con ansias las noticias y reportes sobre los hechos bélicos. “El camino hacia Villa de Santiago”, refiere Valtier, “continuaba abierto y por lo tanto la comunicación con el sur proseguía. Correos eventualmente se arriesgaban a salir en aquella dirección para llevar informes de los acontecimientos a Villa de Santiago, que a su vez retransmitían a Montemorelos y Linares.[1]
[1] Ahmed Valtier. “¡Ya nos cargó Satanás…!”. Siete cartas inéditas y su contexto en la invasión norteamericana, en Humanitas. UANL, Monterrey, 2005, p. 701
En el reporte oficial de las batallas de Monterrey que el general norteamericano Zachary Taylor entregó al Congreso, refiere la siguiente información sobre la llegada del ejército angloamericano a las inmediaciones de la ciudad:
“a nuestra llegada a los barrios de la ciudad en la mañana del día 19 de septiembre, este presentimiento (que los mexicanos defenderían a sangre y fuego Monterrey) fue totalmente confirmado. Fue corroborado que se había establecido el enemigo en la ciudad a la fuerza; que se había construido una gran estructura defendiendo el lado norte; y que el Palacio del Obispado y algunas lomas de las proximidades del camino a Saltillo habían sido fortificadas y ocupado por las tropas y artillería. Era ya sabido por informaciones recibidas previamente, que las proximidades al este de la ciudad eran protegidas por pequeños fuertes en el límite más bajo de la ciudad.[1]

Acuartelado en la catedral de Monterrey, el general Pedro de Ampudia esperaba los embates del ejército invasor. Es preciso señalar que el edificio de la catedral se convirtió en el centro de operaciones del ejército mexicano durante las batallas de Monterrey, además de fungir como depósito de suministros, armas, y alimentos. Roberto Jorge Rodríguez Lozano notable relator de la historia de la catedral, refiere que casi 20 mil libras de pólvora habían sido almacenadas en la nave principal del edificio, por lo que algún proyectil que hubiese atravesado la cúpula o los muros hubieran provocado una verdadera catástrofe (Rodríguez, 2004, p. 29).

Según se refiere en las crónicas de militares de ambos lados, y testigos presenciales de las batallas, los combates iniciaron el día 20 de septiembre cuando la artillería mexicana de grueso calibre ubicada en el fortín de la Ciudadela al norte de la plaza comenzó a disparar ante los movimientos de las columnas invasoras.

El general Zachary Taylor menciona en su ya referido informe que se establecieron a tres millas de Monterrey en el sitio que ellos bautizaron como el “Walnut Springs” (Arroyo del Nogalar). Desde allí ordenó a las dos de la tarde del domingo 20 de septiembre la salida de una columna al mando del general brigadier William J. Worth para tomar el cerro del Obispado, bloquear el camino a Saltillo y ocupar las fortificaciones ubicadas al occidente de la ciudad.[2] Tal maniobra fue descubierta, y por orden del general Ampudia se destacaron 200 dragones sobre este punto que sumados a los defensores ya existentes podían defender más eficientemente este cerro.
[1] Thorpe, Thomas. Our army at Monterrey, informe de las batallas de Monterrey por el general Zachary Taylor (traducción Pablo García González), p.p. 155-164
[2] Thorpe, Thomas. Our army at Monterrey, informe de las batallas de Monterrey por el general Zachary Taylor (traducción Pablo García González), p.p. 155-164

martes, 21 de septiembre de 2010

LA BATALLA DE MONTERREY. HÉROES ANÓNIMOS DE 1846

Hoy martes 21 de Septiembre de 2010, al conmemorar 164 años del inicio de "la batalla de Monterrey" se inauguró la exposción sobre esta gesta histórica en el Museo Metropolitano de Monterrey.

Queremos gradecer a coleccionistas locales, como Ahmed Valtier, Pablo Ramos, Luis Rafael Rodríguez, Fermín Téllez, Ismael Flores y en especial al Museo de la Batalla de la Angostura de Saltillo por su valiosa colaboración para la celebración de este suceso.

La Exposición estará exhibiéndose hasta el mes de diciembre de 2010. La entrada al Museo es gratuita, y estamos ubicados en el Museo Metropolitano de Monterrey (Zaragoza e Hidalgo, centro de Mty.). Los horarios son de 10 am a 6 pm con entrada libre para todo público. A la para tenemos una Sala permanente de historia de Monterrey y una Sala Temporal sobre las tradiciones e historia de la Colonia Independencia.

Saludos y Bendiciones de lo Alto!

viernes, 30 de julio de 2010

Clio-Regio: La invasión norteamericana toca suelo regiomontano (parte 3)

Clio-Regio: La invasión norteamericana toca suelo regiomontano (parte 3)

La invasión norteamericana toca suelo regiomontano (parte 3)

Continuación parte 3...

Ante la inminencia de un ataque militar angloamericano a Monterrey, el general Pedro de Ampudia solicitó con mayor apuro el envío de hombres habilitados de palas, barras y azadones para construir obras de defensa; decretó algunas disposiciones a favor del pueblo para que los comerciantes no abusaran en los precios y activó la leva a fin de contar con el mayor número posible de individuos para la defensa. El 15 de septiembre, seis días antes del ataque a la ciudad, envía una circular a los alcaldes nuevoleoneses para que sí se llegase a presentar algún desertor del ejército norteamericano en sus jurisdicciones lo remitieran al cuartel general. De manera adjunta, incluyó una orden traducida al inglés la cual tiene por objeto hacer entender a los soldados invasores que deseen abandonar “aquella bandera” y de la buena disposición con que serán acogidos por el pabellón mexicano.

La ciudad vivía momentos inéditos de su historia, ya que nunca un conflicto armado había tocado las fibras sensibles del regiomontano. Con el ejército norteamericano a las puertas de la capital nuevoleonesa “la ciudad tomaba el aspecto severo e imponente de una plaza guerrera”. Sotero Noriega, testigo presencial de los hechos nos narra de manera dramática los hechos acontecidos en Monterrey previos al ataque norteamericano a la capital de Nuevo León: “Las familias que hasta entonces no habían emigrado, ahora abandonaban e tropel sus hogares con el terror en los semblantes, vertiendo lágrimas por sus deudos, sosteniendo la joven los pasos el trémulo anciano, llevando a sus hijos el padre cariñoso. Las escenas de dolor, de ternura, de abnegación generosa se multiplicaban por todas partes, y estas sufridas poblaciones que tan poco debían a la opulenta y desdeñosa México, lo sacrificaban todo, se ofrecían como expiación sublime de todos nuestros crímenes…, ese aspecto solitario de una ciudad en espera de un combate, ya lo podemos comprender los que lo hemos visto; pero es superior a toda descripción.[1]

La ciudad fue fortificada primero por el oriente construyéndose cuatro fortines: el de Tenerías ubicado en el barrio del mismo nombre, por el antiguo camino a Marín; el del Diablo ubicado a 200 metros al norte del de Tenería; de la Libertad, cerca del río Santa Catarina; y el del Puente de la Purísima que se ubicó sobre los ojos de agua de Santa Lucía al noreste de la ciudad. Por el área norte se amuralló la zona conocida como la “Ciudadela” y en particular se utilizaron las ruinas de la llamada Catedral Nueva.[2] En la parte occidental de la ciudad se fortificó el edificio del Obispado sobre la misma loma, y en la parte baja un pequeño parapeto en la iglesia de la Purísima sobre la calle Hidalgo. Además se construyeron sobre la Loma Larga algunas fortificaciones conocidas como de la Federación.

El plan original de defensa de la plaza de Monterrey se sustentaba en presentar combate en el paraje conocido como Papagayos al norte de la ciudad, ya que en caso de retirada, el terreno daba ventajas para llegar a salvo a Marín. Ante el rechazo de la Junta de Militares se acordó defender la villa de Marín, para así dejar a Monterrey como base de refuerzos. Ante la sorpresa de muchos y del mismo Ampudia, la junta militar decidió atrincherarse en Monterrey y defender la plaza “a sangre y fuego”.

Las batallas de Monterrey iniciaron justo cuando la ciudad celebraba 250 años de su fundación. Las familias habían abandonado la ciudad “vertiendo lágrimas por sus deudos y con el terror en sus semblantes.[3] El historiador Ahmed Valtier refiere que el miedo latente de quedar atrapados en medio de la batalla provocó que muchas familias regiomontanas huyeran de la ciudad en busca de refugio, ya fuere en fincas en los alrededores o con familiares a otros poblados.[4]


[1] José Sotero Noriega, “El Sitio de Monterrey”, en González, Miguel y Morado César, Monterrey Ocupado. Fondo Editorial Nuevo León, Monterrey, 2005, p. 174

[2] Este fortín abarcaba las actuales calles de Juárez, Tapia, Guerrero e Isaac Garza.

[3] José Sotero Noriega, “El Sitio de Monterrey”, en González, Miguel y Morado César, Monterrey Ocupado. Fondo Editorial Nuevo León, Monterrey, 2005, p. 174

[4] Ahmed Valtier. María Josefa Zozaya, la heroína de la batalla de Monterrey, en Revista Atisbo, No. 10, p. 24

jueves, 15 de julio de 2010

LAS GRANDES INUNDACIONES EN MONTRREY

La ciudad de Monterrey es constantemente, desde sus primeros años como ciudad, centro de severas inundaciones que han cobrado vidas humanas y provocado graves daños en la urbanización de la misma.Diapositiva 1Las más famosas en antaño fueron la de 1612, cuando fue arrasada la antigua ciudad de Monterrey por la creciente del río Santa Catarina y los Ojos de Agua de Santa Lucía. Otra famosa inundación es la verificada en 1988, tras el azote del Huracán Gilberto, que dejó alrededor de 300 víctimas.
Sin embargo, 2 han sido las inundaciones que han marcado no solo socialmente la vida de nuestra ciudad, sino que han cambiado la estructura urbana de la misma: la de agosto de 1909 y la de julio de 2010.
Como una muestra de las similitudes de ambas tragedias, presentamos este juego de imágenes correspondientes a la de 1909 y 2010, y en donde vamos a poder percibir la similitud de las imágenes, en un margen de 100 años de diferencia.
Hacia 1909, Monterrey contaba con 78 mil habitantes; hoy, en pleno 2010, la ciudad y su Área Metropolitana aglomeran alredor de 3 millones de habitantes. En 1909, las inundaciones causaron la muerte de más de 5 mil nuevoleoneses, y en 2010 van contabilizados 15 víctimas.

Aunque ahora se cuenta con un freno para las aguas, la Presa Rompepicos,
se dice que el Santa Catarina despierta cada ciclo de 20 a 30 años: 1909,
1938, 1967 y 1988.


viernes, 4 de junio de 2010

La invasión norteamericana toca suelo regiomontano (parte 2)

...A unos días del ataque norteamericano a Monterrey el general Pedro de Ampudia ya atrincherado en Monterrey trataba de cerrar filas, y por medio de una circular enviada ante los ciudadanos nuevoleoneses indultaba a todos los desertores con tal de que se presenten ante cualquier autoridad civil o militar en un lapso de tres meses.
Gral. Pedro de Ampudia
El 6 de agosto de 1846 se dio en la capital del país un golpe federalista al gobierno en turno, el cual fue encabezado por Valentín Gómez Farías y el general Mariano Salas, que permitiría el regreso a la cumbre política del general Antonio López de Santa Anna. Esta declaración promovía la restauración de la Constitución de 1824 y los principios federales con que habían sido concebidos desde su erección los Estados Unidos Mexicanos. Para algunos historiadores, este movimiento provocó que sus coletazos llegaran a Nuevo León promoviendo en el mando del ejército del norte a un general leal a Santa Anna, de escasa valentía, y abundante propensión al abuso y a la violencia: nos referimos al general Pedro de Ampudia (González-Morado, 2006, pp. 13-14).

A pesar del rechazo de buena parte de los militares, el descontento de los políticos nuevoleoneses y de la molestia de la población, el general Ampudia anuncia su llegada a la ciudad, y que a pesar del pesimismo, no abandonaría a su suerte a los ciudadanos regiomontanos tal y como se rumoraba. A su llegada ejerció una serie de medidas que reflejarían su deseo por tomar el control de la situación:
“se encarga del plan de su antecesor, practica escrupulosos reconocimientos, encarga a los ingenieros Reyes, Robles, y otros oficiales del mismo cuerpo, que se perfeccionen las obras de fortificación y encomienda al capitán de plana mayor don Francisco segura, que practique el reconocimiento del camino hasta el rancho de Papagayos."
Vista de la Catedral de Monterrey antes del ataque norteamericano

Ya establecido en la ciudad, Ampudia toma el control militar y político del estado. El Alcalde 1º de Monterrey José María de la Garza, notificó a los alcaldes de San Nicolás de los Garza y de los Topos, de esta medida y que la ciudad capital estaba declarada en estado de sitio. Por tal motivo, "es preciso que se hagan en esta plaza acopios, de toda clase de efectos comestibles.

Como bálsamo en el desierto le llega la noticia acerca de una victoria obtenida por las armas nacionales en contra de una partida de angloamericanos, en el "Paso del Tlacuache", a márgenes del río Grande. Por lo que solicita al gobernador de la Mitra que por la mañana, "se de un repique de campanas a vuelo para solemnizar tan plausible acontecimientos que no puede menos que reanimar los ánimos de mejicanos que con armas en las manos, están preparados para escarmentar la osadía de la nación a que pertenecen esos bandidos.

Cuando Pedro de Ampudia llega a Monterrey, la ciudad se encontraba siendo fortificada. A principios de septiembre de 1846 preparaba junto a sus subalternos el plan de defensa y los trabajos para hacer de Monterrey una ciudad amurallada contra el ataque invasor provocaron daños en las propiedades de los regiomontanos. Por ello comisionó al Alcalde de la capital José María de la Garza y algunos peritos por el nombrados para que inspeccionaran los prejuicios provocados por las labores de fortificación en diferentes puntos de la ciudad, sobre todo en sembradíos, haciendas y bardas de casas particulares, y asimismo valoraran para que la Comisaría del Ejército pagara oportunamente. Por desgracia no se han encontrado las referidas inspecciones y cotizaciones de estas diligencias.
Plano de las fortificaciones mexicanas antes del ataque norteamericano en septiembre de 1846

Para los trabajos de edificación de fortines en Monterrey los ingenieros militares se vieron en la obligación de utilizar el material disponible. En ocasiones se utilizaban piedras de solares de particulares, o como en el caso de la fortificación de la llamada “Catedral Nueva” o “Ciudadela” fue necesario trasladar materia prima como el “guilote” y “pita de amarras” procedente del Topo Grande. Para ello fueron convocados por el alcalde regiomontano todos los techadores libres que había disponibles en la ciudad.

CONTINUARÁ...

viernes, 21 de mayo de 2010

La invasión norteamericana toca suelo regiomontano (parte 1)


A partir de esta entrega, presentaré parte del trabajo que realizamos sobre las batallas de Monterrey en septiembre de 1846, como parte del proyecto de la Enciclpedia "Monterrey: origen y destino" que laboré en el TOMO III para el Municipio de Monterrey. Este tomo está por salir. Esta es la primera entrega del tema que anteriormente referí.

LOS NORTEAMERICANOS AVANZAN HACIA MONTERREY

Declarada la guerra entre México y los Estados Unidos en mayo de 1846, el gobernador de Nuevo León solicitó a los alcaldes la organización de una milicia cívica nuevoleonesas que combatiría las fuerzas norteamericanas que habían invadido territorio nacional, y sería integrada “por todo nuevoleonés desde la edad de dieciocho años hasta los cincuenta años.” Esta milicia exceptuaría de la lista a los eclesiásticos seculares y regulares, a los sirvientes domésticos y de las haciendas. Además, estaría bajo la autoridad del gobernador, siendo los ayuntamientos y juntas municipales los encargados de abrir la lista de reclutamiento.[1]

Algunos municipios se vieron en serios aprietos para organizar las milicias locales tales como Apodaca y Punta de Lampazos, pero en el caso de Monterrey el alcalde 1º José María de la Garza García informaba al gobernador Juan Nepomuceno de la Garza y Evia un mes después de emitida la circular la aprobación de cuatro compañías de infantería y dos de caballería que integrarían la milicia local.[2]

Ante la fantasma de la guerra rondando en la región, hubo en la ciudad un mismo sentir contra el enemigo invasor. Mientras el sector civil y militar se comprometió a salvar la tranquilidad de las ciudades y villas nuevoleonesas, el otro sector, el eclesiástico, cooperaría para la causa oficiando misas y oraciones que garantizaran el triunfo de las armas nacionales.[3]

Tras los desastres militares en Palo Alto, Resaca de la Palma y la retirada de Matamoros, el ejército del norte comandado por el general Mariano Arista se organizó en Linares, población ubicada en el sur de Nuevo León. Tras la destitución de Arista al mando de esta corporación, los mandos militares provisionales que se quedaron a cargo planearon la defensa del noreste en la capital y centro económico de la región: la ciudad de Monterrey.

La ciudad de Monterrey, situada en un fértil valle en medio de altísimas y pintorescas montañas, la naturaleza se ostenta en toda su belleza y vigor, refirió José Sotero Noriega, integrante del ejército mexicano que llegó a Monterrey a finales de julio de 1846. Refiere en su narrativa que el material con que estaba construida la ciudad “era bastante buena” (sic), con “casas de cantería, calles tiradas a cordel, plazas amplias, y una iglesia catedral de magnífica construcción.
Las labores de fortificación de la ciudad de Monterrey iniciaron bajo el comando del general Francisco Mejía, quien interinamente se encargaba del mando militar del ejército del norte. De la misma manera, para las labores de fortificación de la plaza fueron alistados los vagos y viciosos de los pueblos y villas de Nuevo León. Muestra de ello es el anuncio del alcalde de Cerralvo fechado el 4 julio de 1846, el cual notificaba a la autoridad militar de la ciudad que los vagos capturados en esa villa serían remitidos a Monterrey para su utilidad en las labores de fortificación de la plaza.[4]

La concentración de víveres, pertrechos y esfuerzos para preparar la defensa de la ciudad provocó que el gobernador de la Garza y Evia solicitara a José María de la Garza, alcalde regiomontano, la exención de la lista para el servicio militar a los individuos que se comprometieran a prestar sus caballos para combatir al enemigo invasor.[5]
Continuará...


[1] AGENL., Colección: Correspondencia Alcaldes, Cerralvo, Caja 13, 4 de julio de 1846

[2] AGENL, Colección: Correspondencia de Alcaldes, Monterrey, Caja 32, 4 de junio de 1846


[3] AHM, Colección: Guerra México-EEUU, Volumen: 1, Expediente: 1, Folio: 2

[4] AGENL, Colección: Periódico Oficial, Semanario Político, 22 de junio de 1846


[5] AHM, Colección: Guerra México-EEUU, Volumen: 1, Expediente: 1, Folio: 1